Es bien sabido por todos que el ser humano se comporta de manera completamente diferente a la habitual cuando se encuentra dentro de grupos numerosos. Nuestro comportamiento se simplifica y perdemos la voluntad para tomar decisiones y acciones voluntariamente. En ocasiones nos convertimos, sin saberlo, en líderes improvisados de la marabunta, pero en la gran mayoría de los casos sencillamente nos vemos arrastrados hacia o con ella. Aun así, sea cual sea nuestra situación, hay un denominador común a todo lo que hacemos todos: lo absolutamente primitivo de nuestro comportamiento.
El metro se resume a esto:

En el tranvia no necesito hacer gifs.

Bajo a trompicones la escalera, la señal acústica ya había sonado y las puertas se estaban cerrando, pero aun así en el último momento introdujo su cuerpo en la ranura cual una rata en un sumidero y entro a presión en el vagón facilitando su tejido adiposo esta labor. Los demás emitieron un sonido similar al que producen los asistentes a un partido de futbol cuando en el último minuto de juego se falla un tiro a portería, nuestro protagonista sonrió y se acomodo en el hueco que le dejaron dos señoras de cierta edad había ganado 5 minutos, tiempo que tardaría el siguiente tren en entrar en la estación. Es posible que nada cambiase en su vida por ello, pero doy por hecho que el resto del dia no le saldría tan bien. El metro es más que un medio de transporte, siendo quizás el mejor para este cometido en ambientes urbanos extensos, también marca el ritmo de todo lo que hacemos. Nadie puede pasarse de la hora de cierra de las estaciones si desea dormir en su casa, y tampoco puede dejarse dormir, por que perder tu parada puede suponer deambular entre andenes encontrando aventuras no deseadas. Pero es precisamente entre los cambios de línea cuando el metro revela la hipocresía de nuestra naturaleza. Nos movemos como una masa uniforme, dejamos vacios sitios que son enseguida ocupados por otros y en masas compactas nos dirigimos en la misma dirección para, en la salida, disgregarnos relativamente e intentar buscar, formar y demostrar nuestra valía como individuo occidental único e irremplazable. Pero esto no es más que una ilusión generada a lo largo de varios siglos de industrialización. El Modelo de Administración Científica de Taylor consideraba al individuo una pieza, una partícula fundamental pero no irreemplazable dentro de un organismo complejo llamado sociedad. Esta ultima tenia la particularidad de crecer y consumir recursos — igual que cualquier organismo vivo. Taylor procuro hacer estos procesos más eficientes. Pero a diferencia de los demás organismos, el desarrollo del ser humano modifica tanto el entorno que lo puede destruir — esto lo asemeja más a un tumor. Por lo general los tumores en su desarrollo invaden y generan su propio sistema de irrigación. El metropolitano es el equivalente en las sociedades humanas.
Londres estaba cubierto por un denso smog, las fábricas crecían y cada vez consumían más carbón, los trabajadores entraban en densas columnas a las salas de las cuales a su vez partían infinitos convoyes cargados con hierro, hecho con sangre y fuego. En una ciudad cubierta por una eterna noche el día acababa cuando tocaba volver al cottage, llevar algo de comer a la numerosa prole e intentar imaginar un bosque diferente al de las chimeneas. Pero tras una breve siesta, corrias con los demás hacia la entrada de las entrañas de la ciudad al encuentro del ruido, el humo y la oscuridad del tren, que recorriendo largas arterias, te volvía a dejar a las puertas de tu cierta realidad y un futuro incierto.
Desde entonces, poco ha cambiado, nos hemos vuelto más limpios y más rápidos. Pero la sensación al entrar en el metro sigue siendo la misma: entramos en un sitio y salimos en otro para continuar con algo ya establecido, no nos orientamos, sencillamente nos han enseñado que aquí es donde nos tenemos que bajar. No hay nada en medio, el espacio y el tiempo dejan de existir durante el viaje.
